9 May 2011
Basta de que México sea “un lugar equivocado”. Sicilia y su marcha
Ayer tuve la dolorosa fortuna de participar en la marcha que convocó Javier Sicilia.
Fui por que, en mi limitada imaginación, no puedo imaginar dolor más grande que el de perder a un hijo. Y fui a acompañar a Javier Sicilia, por su admirable actitud de, en vez de mandar todo al diablo, buscar la transformación de México y con ello evitar la muerte de más ciudadano inocentes, asesinados en el fuego cruzado de criminales y autoridades.
Pero encontré mucho más que lo que esperaba. La marcha estaba compuesta por pequeños grupos que marchaban pidiendo justicia. Nada más y nada menos. Justicia por los agravios que han quedado impunes y, los que pueden solucionarse, sin reparación. Y es que no sólo se trata de muertos, se trata de desaparecidos, de encarcelados injustamente, de los niños fallecidos en la guardería ABC, de los emigrantes maltratados, las mujeres de Juárez… El horror callado desfilando por la Ciudad, acumulándose frente a nosotros, implacablemente. Fue una experiencia sobrecogedora, ante la cual, como bien dice Sicilia, se acaban las palabras.
La lista es interminable de agravios, y ahí íbamos quienes acompañábamos la marcha, pasando entre fotografías de innumerables víctimas, cuyas exigencias de justicia se han acumulado en los últimos cinco años, junto con el dolor y la rabia. No puede ser. En verdad es demasiado, más que demasiado.
Pero lo mejor ocurrió en el Zócalo: el discurso de Javier Sicilia y la propuesta de un Pacto Nacional por la Paz.
La palabra recuperada de Sicilia
Buen discurso el de Sicilia. Conmovedor y a veces hasta poético:
Los claroscuros se entremezclan a lo largo del tiempo para advertirnos que esta casa donde habita el horror no es la de nuestros padres, pero sí lo es; no es el México de nuestros maestros, pero sí lo es; no es el de aquellos que ofrecieron lo mejor de sus vidas para construir un país más justo y democrático, pero sí lo es; esta casa donde habita el horror no es el México de Salvador Nava, de Heberto Castillo, de Manuel Clouthier, de los hombres y mujeres de las montañas del sur -de esos pueblos mayas que engarzan su palabra a la nación- y de tantos otros que nos han recordado la dignidad, pero sí lo es; no es el de los hombres y mujeres que cada amanecer se levantan para ir a trabajar y con honestidad sostenerse y sostener a sus familias, pero sí lo es; no es el de los poetas, de los músicos, de los pintores, de los bailarines, de todos los artistas que nos revelan el corazón del ser humano y nos conmueven y nos unen, pero sí lo es. Nuestro México, nuestra casa, está rodeada de grandezas, pero también de grietas y de abismos que al expandirse por descuido, complacencia y complicidad nos han conducido a esta espantosa desolación.
Una manera muy correcta de referirse a la desvergüenza de los políticos y de la apatía de los ciudadanos.
Sicilia, antes de comenzar su discurso, dijo: “No debe haber ya más un lugar equivocado ni una hora equivocada; todos los lugares deberán ser el lugar adecuado y la hora adecuada”. Y tiene razón. Ésa es la exigencia más apremiante: México no puede ser más “un lugar equivocado”. Cuántas veces hemos escuchado “estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado” para explicar una muerte de un inocente, una muerte que nunca debió de ocurrir. México no puede ser un lugar equivocado.


